Me ha regalado en el amiguito invisible que nos organizó Breziak la semana pasada una cosa que me ha gustado mucho.
Un relato que me ha dejado cachondo perdido. Soy así de fácil.
Le he pedido permiso para que me lo deje reproducir aquí y así yo lo ilustro de alguna manera. Y dibujando a Z me he puesto un poco más cachondo todavía.
Z es divertido. Está un poco de vuelta de todo, como dice en su perfil, pero eso a mi me gusta. Esa forma tan puñetera de ver la vida a mi me encanta. Es sexy. Y para colmo, Z está bueno. Al menos las fotos que nos ha ido mostrando en su blog así lo dejan entrever. Resumiendo: Z me pone
Este es el enlace a su relato: EL RELATO DE Z . Y debajo están mi dibujito y el propio cuento de Navidad que Z me regaló:
Seré breve. No por mi falta de tiempo, que también, si no por la más mínima discrección no diré cómo lo conocí. En realidad. él vino a mí, así que debiera decir cómo me conoció. Simplemente, sucedió. Un día, llegó un mail, al que respondí, como siempre, tarde, pues por eso soy la última letra del abecedario. Pasaron los días y llegó otro, al que siguieron varios más. Semanas, meses, y un buen día, un intercambio de teléfonos. Una llamada. Una voz agradable. Una risa fresca con sabor a menta. Un palpitar. La promesa de un tal vez nos conozcamos.
Llegó el día. Fué allá por Navidad de aquel año. Durante el día previo, limpié mi casa, adorné la ventana, coloqué el árbol. Casi muero ahogado estrangulado por las luces de navidad que algún día alguien debería de prohibir. Pero lo logré. Todo estaba preparado, pensaba mientras desde mi salón llegaban los acordes de un villancico de Mariah Carey. Sonó el timbre. Preparé mi regalo, una pequeña cajita de madera que guardaba en su interior las hojas donde vivía el sueño de habernos conocido. Sonó el timbre, abrí la puerta y escuché un suspiro por detrás de la madera. Un grito ahogado de sorpresa, un "hola, qué tal?" al que siguió un "bueno, pues aquí estoy".
Pasa dentro, que hace frío hoy, Voy, dime... dime dónde puedo dejar el abrigo. Ponlo aquí, déjame verte. Pues sí que eres alto. Pues tú más. Y qué me cuentas. Blablablablabla.
A la mañana siguiente el crujido de las sábanas despertó mis oídos dormidos. Tras los cristales de la ventana, se veía la ciudad desperezarse. A mi lado, unas hojas en blanco y una de ellas garabateada con prisa. Mi regalo estaba entregado. Ya se había puesto a nevar.